Actúa cerró su I Concurso Literario de relato, cómic y cuento, con la Entrega de Premios del mismo que se celebró el 18 de febrero de 2017 en Librería Centro (C/ San Andrés, 9. 50001, Zaragoza).

Agradecemos profundamente al jurado, compuesto por Carmen Santos, Santiago Morata, David Rozas Genzor, Dani García Nieto, Blanca BK y Fabiola Sala, su generosa participación para llevar a cabo a la valoración de las obras presentadas a concurso.

Queremos agradecer también a todos los autores que nos han hecho llegar sus relatos por el enorme éxito de participación, ya que sin ellos, el concurso no hubiera podido llevarse a cabo.

A continuación,  presentamos los relatos ganadores. ¡Enhorabuena a los premiados!

RELATO BREVE. CATEGORÍA ADULTO

1er PREMIO: “Kalpankalá”

Autor: Manuel Cubero Urbano

Cada día lo tengo más claro, la fama tiene cosas de niña mimada. Caprichosa como ella sola decidió visitar a mi paisano Rufino cuando menos lo esperaba. En mil ocasiones había pasado junto a aquellos muros, y otras tantas veces había recogido algún espárrago que, al cobijo de su humedad, crecía guardando en su interior la esencia de los sabores más naturales. Incluso recordaba, años atrás, haber observado cuatro trazos negros cuyo misterioso origen le importaba un pimiento. Todo transcurría con la aburrida normalidad propia del discurrir pueblerino. Hasta que llegó a oídos de su santa esposa un chismorreo que corría por todos los rincones de Villa Bermeja, chismorreo que, para su desgracia, atañía a su familia. Más concretamente, a su hijo.

–Rufino. Esto se ha acabado. Estoy más que harta de que la niña de Pura, la “Macarrona”, vaya chismorreando por ahí que si el niño manda tantos euros desde los madriles, que si se ha echado una novia guiri… O aprendes a leer o tú verás –así de tajante habló Juana, su esposa.

Rufino, por si ustedes lo ignoraban, no hace honor a la segunda parte de su nombre, es más bruto que un bocadillo de bellotas. Y testarudo, para romper un muro a cabezazos. Cuando, en sus años mozos, el maestro hizo cuestión de honor que Rufino aprendiese las cuatro reglas y un poquito de lectura, éste se lo tomó como un desafío.  En respuesta no aprendió a hacer ni la o con un canuto. Así que Rufino mantuvo virgen su masa cerebral hasta la madurez. Pero, como dice la sabiduría popular, más pueden dos tetas que dos carretas. Vista la obstinación de Juana, Rufino no tuvo más remedio que ceder y alargarse una tarde al Centro de Adultos después de recoger las ovejas en el aprisco. Como ya sabemos, una de las virtudes de Rufino era la testarudez. Así que ahora fue él quien, recordando las escasas letras y menos números que su maestro consiguió meter en sus entendederas, hizo cuestión de honor que Purita no se enterase más del contenido de las cartas de su niño desde la capital. Y Rufino aprendió a leer.

Hasta aquí, todo normal. Las cartas del niño, la cartilla de ahorros y hasta las páginas de deportes del Semanario Bermejino fueron enriqueciendo su cultura hasta alcanzar el nivel de conocimientos del tabernero. Que no es poco si tenemos en cuenta el punto de partida. Fue así como la mañana de marras, cuando iba a buscar la sombra de aquellos muros destartalados de los que antes les hablaba, se tropezó con el maestro de adultos. Éste, acompañado de varios señores, acariciaba los viejos y negros trazos que reposaban allí desde tiempo inmemorial. Lo que más sorprendió a Rufino fue ver a unos hombres, vestidos de agentes comerciales, observar aquello con una mirada tan golosa como la suya ante los carteles de películas de esas que tanto criticaba el cura párroco. A su alrededor, cinco cámaras de televisión, diez fotógrafos de prensa y otros tantos periodistas, micrófono en ristre, metiéndole los dichosos aparatitos por la boca al primero que bostezara…

–Buenas tardes –saludó.

–Buenas tardes, Rufino –respondió el maestro.

–¿Viene usted mucho por aquí? –interrumpió uno de los forasteros.

–Cuando andaba por la barriga de mi madre ya venía a buscar espárragos. Fíjese si hace tiempo…

–Y estos caracteres… –señaló los viejos trazos.

–Eso está ahí desde los tiempos de Mari Castaña. Mire usted, cuando yo nací ya estaba medio borrado.

–KALPANKALA –leyó otro de los ilustres personajes que acompañaban al maestro– griego, sin lugar a dudas. Siglo I antes de Cristo.

–Claro, tú barriendo para tu campo científico –dudó un tercero–. Observen bien esa estructura. Puro Renacimiento. Arquitectura limpia, pura sobriedad artística. Una ermita renacentista y muy renacentista. La sencillez de esos caracteres lo cantan a un kilómetro. ¿Qué pudo acoger en su tiempo a un eremita griego? Vale. Lo acepto. Pero nada más. Y quiero dejarlo muy claro, fue un becario de mi cátedra el primero que avisó a la universidad.

–O mozárabe –terció otro de ellos arrimando, igualmente, el ascua a su sardina–. Confiemos en que la prueba del carbono 14 nos saque de dudas y confirme su pertenencia al Medioevo.

Rufino se quedó mirando a aquella pandilla de sabios como quien mira al tonto del pueblo.

–Ustedes perdonen, pero eso es de aquí, del pueblo. Ni de los griegos ni de los otros forasteros que ustedes dicen, qué leches. Del pueblo y muy del pueblo. Siempre estuvo ese letrero aquí desde que yo tengo uso de razón. Y les advierto que el señor alcalde es muy suyo para esto de que el primero que pase ande diciendo que si esto es de aquí o de allí. Bermejino y muy bermejino, qué leche. Aquí cada borrico carga con su albarda.

–Pero Rufino, por Dios. ¿Acaso hay en el pueblo alguien que sea capaz de saber lo que dice esta inscripción? –medió el maestro.

–Servidor. Sin ir más lejos. Está clarísimo: kalpankalá.

–Ah, claro, con acento en la última ´a` –concedió, entre sonoras carcajadas, el primero que habló.

–Así será, de eso quien sabe es el maestro, aquí presente. A cada uno lo suyo. Mire usted.

–Bueno, señor Rufino, usted perdone –medió, irónicamente, el segundo profesor–. Ya sabemos que ahí pone kalpankalá, como usted ha dicho. Pero… ¿qué significa kalpankalá?

–Está claro, ¿no? –respondió el aludido–. Y usted, señor maestro… ¿tampoco lo sabe?

Un silencio sepulcral fue toda la respuesta que recibió Rufino. Después de pensar unos segundos, su mirada buscó entre los matorrales hasta dar con una piedra. Se agachó, la cogió y, después de sospesarla, la estrelló con todas sus fuerzas contra un peñasco. Tomó uno de los trozos que mostraba sus blanquísimas entrañas, luego lo mostró por su cara más blanca al maestro y preguntó:

–¿Qué es esto?

–A primera vista, parece una piedra de cal.   

–Que sirve para… –preguntó Rufino en plan maestro antiguo.   

–Para encalar –respondió el que sabía mucho griego.

–¡Premio para el caballero! ¿Ven ustedes cómo no era tan difícil? “Kal pa enkalá”. Por cierto, están ustedes viendo la calera de mi abuelo Robustiano.

Dicen que las carcajadas de los periodistas, devueltas una y mil veces por el eco, aún resuenan entre aquellos peñascos.

ACCESIT: “A perro flaco”

Autor: Alberto de Frutos Dávalos

El negocio va mal, pero Teófilo no quiere entrar en razones; y, cada vez que Mari le insinúa que los números no cuadran, él rebufa y sigue a lo suyo. No se le escapa lo que su mujer pretende y se niega a secundarla en ese plan.

Desde luego, a Teófilo no le hace falta saber álgebra para reparar en el descenso de clientes, que, de un tiempo a esta parte, parecen haberse volatilizado de El Teleno.

Lo nota porque Basilio y él tienen ahora más tiempo libre para fumarse un pitillo en la puerta y porque ya no despachan los buenos días a los parroquianos con la asiduidad de siempre. Pero, cada vez que su mujer traduce su incertidumbre en guarismos, él recurre a la sabiduría popular y se aferra a que no hay mal que cien años dure o a que Dios aprieta pero no ahoga. De esa forma habita en la inercia que lo ha protegido desde que, a mediados de los años ochenta, abriera esa carnicería en la calle C…, en el barrio de A…, entre una peluquería ya cerrada y un bar, el Aguedita, que aún iza su bandera, vulnerable no obstante al huracán de la crisis.

Pero no hay motivos para abjurar del refranero. La crisis –se repite en su fuero interno– es pasajera, y un negocio como el suyo no está tan expuesto a sus zarpazos. Habrá quien se prive de ir al cine o de renovar el armario cada temporada, pero nadie va a dejarse morir de hambre. La gente va a seguir comiendo.

Su suegro, proveedor de sus cámaras y neveras durante los primeros años, se lo repitió una y mil veces: “Este es un negocio sin riesgos, Teófilo. La cecina de mis chivos no se encuentra en ninguna otra parte”, y su palabra fue ley hasta que los clientes empezaron a desertar como un ejército de ratas. Habían sido sus compadres, sus confidentes; y ahora, cada vez que se los encontraba por la calle, bajaban la vista abochornados, como Águeda, Aguedita, la dueña del bar.

¿Adónde habían ido todos? Es cierto que su carnicería no era la más asequible del barrio, pero tampoco la calidad de sus productos podía compararse: la cecina de Vegacervera, en los montes de León, la morcilla de Burgos, el jamón ibérico de Guijuelo… Su local era un paraíso del buen gusto, pero la crudeza de la crisis parecía haber arrastrado a sus parroquianos a un módico infierno de bazofia y comistrajos.

Lo suyo no era traición ni ingratitud: era, sencillamente, necesidad.

Años atrás, en una época de bonanza casi mítica, Teófilo y Mari habían contratado a un joven aprendiz para que les echara una mano por las mañanas. Se llamaba Basilio y se había formado en la Escuela de la Carne de P…, donde había completado sendos cursos de especialista en despiece industrial y carnicero; cerca de mil horas de sabiduría. Era un muchacho estupendo, cabal y aplicado. El matrimonio le fue asignando nuevos quehaceres y, transcurridos los preceptivos meses de prueba, le formalizó un contrato indefinido y amplió su jornada laboral a tiempo completo. Todos estaban encantados con él. Tenía oído para escuchar, labia para vender y un sexto sentido para distinguir a los compradores habituales de los fortuitos. Con sus bromas, se llevaba de calle a los niños y sabía complacer a las abuelas. De vez en cuando viajaba a los mercados y ferias del norte, y nunca tuvieron que reprocharle una mala transacción. Fue él quien llegó a un acuerdo con una tahona tradicional del barrio, la de la calle M…, para suministrar su pan los jueves, y quien puso en marcha los regalos de nueces y castañas para la clientela más incondicional. Fue él quien remozó el escaparate y el mostrador de los embutidos y quien consiguió una rebaja sobre el precio de las legumbres que vendían a la entrada en sacos grandes, como en un opulento colmado.

Tras diez años de dedicación, el joven se sentía como un socio más de El Teleno, y el jefe lo quería como a un hijo.

Por eso, cada vez que Mari le leía la cartilla sobre el progresivo y alarmante desequilibrio entre gastos e ingresos, Teófilo, remolón, aplazaba el litigio para más tarde. Su mujer había recortado allí donde podía y ajustado al máximo los precios, pero, en vista de que la situación no mejoraba, había empezado a considerar la opción más abyecta: despedir a Basilio, lo que Teófilo no estaba dispuesto a consentir bajo ningún concepto.

–Se lo debemos, Mari, le debemos este esfuerzo por todo lo que ha hecho por nosotros a lo largo de estos años. Le debemos nuestra paciencia y nuestro sacrificio.

–¿Acaso crees que para mí es plato de gusto? Pero no hay alternativa, Teo, es él o nosotros. Somos prisioneros de su nómina y, si no nos quitamos este lastre de encima, antes de fin de año tendremos que cerrar.

–Aguantaremos el tipo, Mari. No hay mal que cien años dure, ya lo sabes.

–No. No aguantaremos el tipo. No estás ciego, ves igual que yo cómo está esta calle. ¿Te acuerdas de cómo era hace cinco años? ¿O de cómo era cuando nosotros empezamos? La crisis es una pesadilla y se está comiendo los sueños de todos. Me niego a despertar una mañana y ver un cartel de “se vende” en la fachada de El Teleno. De mis sueños. Porque mis sueños no se venden, Teo, eso sí que no.

Dos meses y decenas de disputas más tarde, Teófilo se tragó el sapo y acabó haciendo suyos los designios de su esposa. Si ella y el contable que les llevaba el papeleo juraban por activa y por pasiva que la supervivencia dependía de la amputación de uno de sus miembros, no quedaba sino transigir. Quería a Basilio como a un hijo, pero no era su hijo; y, en la disyuntiva que le había planteado Mari, la supervivencia acabó primando sobre el suicidio colectivo.

–Le daremos veinte días por año trabajado.

–¿Cuánto es lo máximo?

–Cuarenta y cinco, pero Juan Carlos dice que, tras la reforma, los veinte ya son legales, sobre todo en la situación en la que nos encontramos.

–Le daremos cuarenta y cinco días, y esto no es negociable, Mari. Si te parece mal, mañana mismo echo el cierre.

Habló con él una mañana de lluvia, mientras fumaban resguardados bajo el alero en el que la juventud o la utopía habían inscrito tiempo atrás las palabras TELENO ALIMENTACIÓN.

Fue un anuncio breve y doloroso, como el de cualquier adiós. Basilio asintió y clavó la vista en el asfalto, mientras Teófilo se debatía entre abrazarlo o correr adentro, para abreviar su humillación como hombre y como empresario. Había fracasado. Presentía que, a partir de ese instante, el acto reflejo de abrir el negocio cada mañana sería una gimnasia penosa, poco menos que fúnebre. Durante un tiempo, saludaría a los visitantes sin ganas y sus contundentes opiniones políticas naufragarían en el cuello de su camisa.

A su lado, Basilio, seco el gaznate, se humedecía los labios y recordaba los años pasados en El Teleno. Sabía lo difícil que había sido para su amigo darle esa noticia y no quería ponérselo aún más difícil. Trató de sonreír, y en la mueca que sus labios acertaron a dibujar quiso reflejar la gratitud por el tiempo y las experiencias compartidas, y también, por qué no, una escueta comprensión.

Al entrar, vieron a Mari en el mostrador de los embutidos. La mujer les sonrió, incómoda y medrosa, y respiró aliviada cuando, al poco, irrumpió en el local una clienta-torbellino que le pidió doscientos cincuenta gramos de requesón y un chorizo de Cantimpalos.

La dueña prefirió que la partida fuera lo más rápida posible. No quería que su empleado se pusiera a desgranar el estado de las cuentas al primer cliente que cruzara el umbral. “A perro flaco todo son pulgas”, que diría el patrón. Basilio aceptó conforme esa despedida a la francesa y, satisfechas todas las promesas crematísticas, desapareció de la vida del barrio.

Muchos lo habían hecho antes que él, claro. Sus rostros y sus voces integraban una suerte de lienzo o sinfonía fantasmal, donde el mecánico del taller de V… se confundía con el lotero de S… y este, a su vez, con las dependientas de la mercería o el locutorio de la calle I… Ese barrio era el claxon de los automóviles, el tintineo de las cajas registradoras y las carreras en pos de un autobús o un metro, pero también el coro de los que habían dejado de cantar en las calles y sus sonrisas perdidas.

Mari pidió a su marido que guardara silencio sobre la suerte de Basilio y, aunque al principio este se negó a participar en la farsa, acabó por doblegarse a los deseos de su esposa. En el fondo, ya todo le daba igual.

De modo que el primer día que abrieron El Teleno sin la familiar presencia de su empleado, Angustias, que nunca faltaba a su cita de los jueves para hacerse con sendas barras de pan, quinientos gramos de carne picada, doscientos de jamón y los mismos de chóped de pavo, preguntó por su dependiente favorito.

–¿Y hoy qué, no viene Basilio?

–No, Basilio ya no va a venir más. Le ha salido otra cosa.

–Ah, mira, pues muy bien, si se ha ido contento…

–SÍ, contento se ha ido.

–¿Y dónde está ahora?

–Pues no sabemos muy bien dónde está, la verdad.

–Bueno, lo importante es que él esté a gusto.

–Sí, mujer, a gusto estará. ¿Y qué tal Fernando y los niños?

Después de Angustias vinieron otros, y aunque algunos, quizá la mayoría, desconfiaran al principio de las evasivas de Mari, todos acabaron por convencerse de que Basilio era un hombre feliz. Seguramente, habría conocido a una muchacha buena y simpática y, sin duda, había triunfado lejos de su barrio, quién sabe si en otra ciudad o incluso en otro país, como aquellos aventureros que se fueron a hacer las Américas. Era mejor creerlo así; y, si algún día se lo encontraban sellando la tarjeta del paro, bajarían la vista abochornados, como Águeda, Aguedita, la dueña del bar.

1er FINALISTA: “El Instrumento”

Autor: Manuel Cedeño

En las primeras líneas del reportaje que estoy leyendo dice: “El psiquiatra José Andrade Muñoz apareció muerto en su Mercedes Benz dorado E-240. No llegó antenoche a su casa y ayer a las 06:00am el vigilante del estacionamiento de la clínica donde trabajaba reportó a las autoridades el hallazgo del cuerpo. Un disparo a quemarropa en el pómulo derecho con trayectoria transversal ascendente le segó la vida”.

Era mi psiquiatra. Llevo conmigo cinco periódicos donde aparece la noticia en primera plana. No puedo esperar a llegar a casa, para comenzar a leer y sigo con la lectura que ya comencé mientras me dirijo caminando a mi edificio dos cuadras abajo.

“No es sicariato, en cuyo caso el disparo hubiese sido en la frente o el corazón, se denota más bien falta de pericia aunque premeditación. Tampoco se llevaron ninguno de sus efectos personales: reloj, efectivo de bolsillo, tarjetas de crédito… todo estaba con él. No parece un crimen pasional pues se trata de un solo disparo y en los crímenes pasionales hay saña. Sin embargo hasta ahora no se descarta ninguna hipótesis. El arma que se usó fue una pequeña y liviana Glock 9 milímetros”, cierra el reportaje.

Llego a casa, leo con atención la misma noticia en los otros periódicos buscando indicios. Enciendo mi laptop, las redes sociales, con el devenir de las horas, han convertido el suceso en un escándalo y la prensa amarillista teje sin parar una y mil historias que publican en su versión digital, previa a la de papel y que difunden en enlaces por Twitter y artículos de Facebook: enredos de faldas, cobradores insatisfechos, homosexualidad y hasta un extraño y complicado suicidio. Estoy segura de que inventan esas historias con la finalidad de vender más periódicos y  ganar seguidores en twitter porque se nota que nadie tiene idea de quién ni por qué razón podría haber matado a este renombrado profesional de la salud mental.

Me mantengo actualizada por twitter y WhatsApp, esto último gracias mi primo, el que me dio mi primer beso y quien ahora es casado y trabaja en homicidios del CICPC. La policía hasta ahora no ha detectado enemigos, amantes celosas, cobradores insatisfechos, ni seguros por pagar a viuda ni herederos, me dice mi primo.

El Dr. Andrade desde hace veintiún años llegaba a su consultorio religiosamente a las 7 de la mañana y se retiraba a las 6 de la tarde. Sus pacientes lo respetábamos y se llevaba bien con sus empleadas; no tenía problemas conyugales y según los testimonios recabados era hasta buen vecino.

Su esposa lo califica como excelente esposo y mejor padre; sus hijos como buen papá y mejor esposo; y sus padres y hermanos como un hombre trabajador, honrado y muy inteligente.

Voy al funeral. Se hace en una de las capillas del Cementerio del Este, huele a incienso y a flores. Todos vinieron. Faltan pocas horas para el entierro. Esperamos al cura. Hay una cola para ver al galeno por última vez. Es mi turno. Igual que otras mujeres no puedo resistirme cuando lo veo en su ataúd, me estremezco toda y mis ojos se hacen agua.

La prensa escrita y la televisión nacional e internacional están haciéndonos algunas entrevistas a los asistentes. Aquí estamos sus huérfanos: dos preadolescentes rubios y larguiruchos, lucen desconsolados; la viuda, con sus gafas oscuras y una sombrilla negra cerrada pidiendo justicia y quejándose de la inseguridad del país; sus últimos compañeros de trabajo y otros que alguna vez trabajaron con él; excompañeros de clase tal vez buscando un poco de fama; decenas de pacientes, casi todas mujeres; quizás alguna que otra examante o novia y evidentemente muchos curiosos, todos estamos aquí.

La cadena colombiana Caracol me aborda en vivo, como lo acaba de hacer con algunas otras pacientes. Me pongo nerviosa, tengo el maquillaje corrido por las lágrimas pero salir en tv me emociona y me armo de valor. Les digo la verdad usando más o menos las mismas palabras que acaban de usar las otras mujeres entrevistadas: el Dr. Andrade era un hombre abnegado, respetuoso, metódico y honesto, nunca se propasó conmigo ni con ninguna otra paciente, hasta donde yo sé, y no conozco que tuviese enemigos.

Llego a casa con los pies cansados de los tacones, con el corazón arrugado por el dolor de los deudos y con la garganta quemada por la sal de las lágrimas. Sigo llorando por los huérfanos, y aunque no lo crean, también por la “socialité” de la esposa que tal vez ahora tendrá que trabajar, porque a pesar de ser una mujer frívola y vacía, no merece que a su esposo lo hayan asesinado. No me gustan las injusticias.

Mientras me ducho veo el agua escabullirse por el albañal y medito en los rostros que vi en el velorio: los hijos, la viuda, los galenos, y muchas mujeres. Entonces caigo en cuenta de que no estoy sola. Varias de ellas, sus pacientes seguramente, a pesar de las lágrimas, dejaron traslucir un casi imperceptible destello de alivio, pero no del alivio egoísta que se siente cuando se deja de percibir un daño o incomodidad y una se siente aliviada, sino la expresión de alivio humano que sientes cuando sabes que otros no sufrirán lo que tú sufriste. No he hablado con ninguna de esas pacientes, pero ese destello que vi me dice que no soy la única en quien el Dr. Andrade abrió procesos dolorosos que luego no cerró y que en mi caso personal me dejaron en un estado crítico del cual salí con mucha dificultad meses después.

No digo que el Dr. Andrade haya planificado empujarme al divorcio, al abandono de mi empleo y al intento de suicidio, no. Tenía buenas intenciones conmigo, como estoy segura las tenía también con todas esas pacientes en quienes vi ese destello de alivio humano. Por eso fue injusto su asesinato. Pero más allá de sus buenas intenciones, él me hizo ver toda la maldad que hay dentro de mi alma, lo mala mujer que soy, la bitch que vive en mí. El Dr. Andrade me puso un espejo enfrente, me hizo enfrentar con mi perra interna y dejó mi niña interior desolada. Me hizo entender que la culpa no es de los demás como yo pensaba, ¡es mía! Y fue esa culpa la que me llevó al oscuro hueco de la depresión severa y al borde del suicidio de donde me salvé milagrosamente.

Sigo llorando. A veces es necesaria una injusticia para evitar otra mayor, fue lo que pasó con Jesús quien dio su vida para que nosotros salváramos la nuestra. Por eso ya no lloro por la viuda ni por los huérfanos, ni por los matrimonios rotos, ni por las que nos quedamos sin trabajo porque él nos sumió en la depresión; ni por los intentos de suicidio de todas las mujeres a quienes nos intentó ayudar. No. Ahora lloro de agradecimiento con el universo por haberme escogido a mí y dado la valentía y el coraje de librar al mundo de los errores que ese señor iba a cometer en todos los años que tenía por delante.

Me termino de duchar. Mientras me seco, me veo al espejo y detecto en mi rostro el mismo destello de alivio humano que vi en el funeral en todas esas mujeres guerreras que sobrevivieron a sus buenas intenciones. No estoy sola. Todas matamos al Dr. Andrade. Yo solo fui el instrumento.

2º FINALISTA: “El Instrumento”

Autor: Facundo Alejandro Re

―¿Qué habrá tras esa puerta? ―preguntó Lino de repente, sin apartar la vista de la gran puerta maciza de roble que se hallaba ante ellos.

―No sé ni me interesa ―replicó con énfasis Dante, y agregó—: Además, ¿no viste el letrero?

Un enorme cartel blanco adosado a la puerta exhibía en letras mayúsculas la consigna “no abra esta puerta”. Lino le dedicó una mirada fugaz y sin mucho interés a la inscripción.

―Quiero saber qué hay detrás —insistió—. Un vistazo rápido y nos vamos.

―Pero está prohibido ―remarcó Dante―. Podríamos tener problemas.

―A lo mejor ni siquiera está abierta. Y si lo está, no debe ser muy importante que permanezca cerrada, sino estaría vigilada. El cartel es más que nada una recomendación.

―El cartel es bastante claro, Lino. No es de nuestra incumbencia si está bajo llave o no.

Lino seguía sin apartar los ojos de la puerta. A ambos lados y hacia arriba se extendía un muro inabarcable que hacía imposible siquiera imaginar lo que podría haber del otro lado.

―¡No aguanto más! ―dijo Lino― Yo la abro. ―Y se acercó decidido a la puerta ante la resignación de Dante.

―¡Espera! ―gritó una voz a sus espaldas cuando Lino estaba a punto de alcanzar el picaporte―. ¿Qué vas a hacer?

Lino se volteó y vio a una mujer y un hombre acercándose a pasos veloces.

―¿No viste el cartel? ―inquirió el recién llegado.

―Sí, ya leí el cartel ―contestó Lino, cansado―. Pero quiero saber qué hay del otro lado.

―No se puede ―insistió el otro―. Sino no habría ningún cartel.

―A lo mejor el cartel es viejo y se olvidaron de sacarlo ―aventuró Lino.

―O quizás está ahí para que alguien abra efectivamente la puerta ―dijo la mujer.

―Eso no tiene sentido ―opuso su compañero.

―Claro que sí. Pensémoslo de esta manera: cuando a un niño se le prohíbe algo, se obsesiona precisamente con hacer lo que le han negado. Es la motivación de la contradicción, algo inherente al ser humano. Resulta extraño que el dueño de esta puerta haya colocado un cartel prohibiendo expresamente abrirla si no quería que lo hicieran. Era más efectivo dejarla trabada sin ningún aviso y nadie le prestaría demasiada atención.

Todos hicieron silencio durante unos segundos, midiendo el significado de las palabras de la mujer. Dante fue el primero en volver a hablar.

―Esas son solo suposiciones. Con ese criterio podríamos decir que los juristas que pusieron en la Constitución que robar es un delito en realidad querían motivar a la gente a que robe. Una locura.

―Es una comparación absurda ―se defendió la mujer―. La Constitución es una ley nacional, este cartel no tiene validez de ningún tipo. Uno no tiene que poner un aviso en su casa para prohibir a los extraños que entren sin permiso, porque justamente está en la ley. Pero esto es la vía pública y cualquier ciudadano tiene derecho a circular por donde se le antoje. Y ese derecho pasa por encima del que haya puesto ese cartel.

―Quizás ―concedió su compañero―, pero ¿qué pasa si esa puerta es efectivamente propiedad privada y del otro lado hay una casa, o un terreno que le pertenece a un individuo? Ahí si estaríamos violando la ley.

―Ah, la paradoja de Schrödinger. Interesante.

―¿La qué? ―preguntó Lino, completamente desconcertado.

―Schrödinger ―repitió la mujer―, era un físico austríaco. Tenía esta idea de un gato encerrado en una caja con una botella de veneno que puede o no matarlo. Su hipótesis era que mientras la caja permanece cerrada sólo existe la probabilidad de un resultado, pero cuando alguien abre la caja está produciendo un estado de situación. Es decir, el mero hecho de abrir la caja podría matar al gato.

Los tres hombres intercambiaron miradas de desconcierto.

―No entendí nada —dijo Lino—, pero sólo hay una manera de terminar con esto.

Volvió a girarse hacia la puerta y los otros no pusieron ninguna objeción. Ya tenía su mano sobre el picaporte cuando…

―¿Qué estás haciendo?

Un hombre de alrededor de sesenta años que pasaba por allí fue el autor de la nueva interrupción. Lino no le hizo caso, empuñó otra vez el picaporte y…

―El señor te hizo una pregunta.

Otro hombre se había detenido, más joven y corpulento que el anterior, y cuando habló lo hizo en tono amenazante, provocando que Lino se detuviera. Más gente que caminaba por el lugar se paró por curiosidad al contemplar la escena, y en cuestión de minutos ya se habían reunido casi dos decenas de personas. Puestos al tanto de la situación, las opiniones sobre lo que había que hacer se dividieron.

―Esta puerta viola nuestra libertad de circulación. Abrámosla.

―No, la puerta está aquí para protegernos.

―Pero, ¿quiénes se creen que son ustedes? No nos corresponde a nosotros decidir qué hacer con la puerta.

En determinado momento, uno improvisó una pancarta con la leyenda “abran la  puerta” y otros lo imitaron con consignas similares a favor y en contra. “Queremos libertad, abran la puerta”, podía leerse en una, en tanto que otra solicitaba “resguardemos las instituciones, dejen la puerta tranquila”. Una tercera posición quedaba representada en un cartel que decía “la puerta nos divide, destruyámosla”.

Interesados por la concentración de gente, al cabo de un rato llegaron unos móviles de televisión, de los cuales bajaron camarógrafos y jóvenes periodistas que empezaron a hablar frenéticamente cuando se encendieron las cámaras.

―Estamos en vivo desde La Puerta, donde un centenar de personas se han reunido para protestar contra la polémica decisión de poner una puerta en este lugar… ―vociferaba una muchacha rubia.

―…habría indicios de que la puerta conduciría a una sala llena de tesoros ―aventuraba un joven enfundado en un impecable traje negro.

―¿Espera que abran pronto la puerta? ―le preguntó otro periodista a uno de los manifestantes.

―No sé, en realidad yo sólo pasaba y…

―Ya ven ―lo interrumpió, y se volvió hacia la cámara―, la gente aguarda con impaciencia que se ponga fin al bloqueo y los responsables paguen por esta indignante situación.

Entre tanto, las discusiones entre los presentes se fueron acalorando, con gritos, insultos y hasta algunos empujones. Ante el evidente tumulto, no tardó en llegar la policía. Bajaron de dos camionetas una decena de uniformados y empezaron a darles bastonazos a los integrantes de todos los grupos por igual. Durante unos minutos hubo corridas, golpes, insultos y hasta balazos de goma para dispersar a los manifestantes. Poco después sólo quedaban las pancartas en el suelo como recuerdo de lo sucedido. Todos se habían esfumado: la gente, la policía y los medios.

Un niño pasó entonces por delante de la puerta y se detuvo. No tendría más de cinco años por lo que difícilmente supiera leer. Sin dudarlo demasiado alcanzó el picaporte, lo giró y abrió la puerta.

Se oyeron gritos que fueron reemplazados en un instante por un silencio absoluto. Del otro lado, montones de personas con letreros observaban boquiabiertos como acababa de abrirse la puerta.

RELATO BREVE. CATEGORÍA JUVENIL

1er PREMIO: “Avia”

Autora: Miriam García Espinosa

Tez tostada bajo el sol, cabello oscuro y ojos marrones, monótonos colores otoñales que abundaban en su pueblo, piel de mármol, cabello como nieve virgen, inexpresivos y profundos ojos blancos, cual pequeño ángel caído sin querer del cielo, foco de todas las miradas, a quien nadie dirigía la palabra, ella era especial. Lo sabía.

Hace siete años nació una niña, una joya de niña. Nació muerta, era ya la quinta. Rezaron a Dios por ella, pero su corazón seguía sin latir.

– Mañana la enterraremos junto a sus hermanos.

Les despertaron unas risas, y cuando fueron a ver qué pasaba, era su hija, estaba viva. Aunque Dios la salvó, ahora era la hija de Dios, su ángel en la tierra. Así que la llamaron Avia.

Flores blancas manchaban el paisaje verde que se extendía delante de ellos. Sus sombras, espalda contra espalda, contrastaban, una pequeñita y otra grande. Una de la niña, otra de su ángel.

– ¿Cuántos colores hay?

– Eso es obvio -susurró mientras miraba al cielo- todos los que seas capaz de imaginar.

– Uaaaaauuuu – La chica irradiaba felicidad. – Pues yo descubriré todos los colores, y los pintaré para que tú también los puedas ver.

Abel sonrió a la chiquilla de siete años.

– Me encantaría – Se tumbó y sentó a la chica en su abdomen.

– ¿Sabes? Me gustan tus alas.

– Pero si son negras y a ti solo te gustan las cosas bonitas.

– Pero ¿qué dices? – Se incorporó y lo miró fijamente a los ojos– Tus alas son preciosas, y tu negro fue el primer color que vi.

– ¿Y yo te gusto?

Se quedó un rato mirando el horizonte y con una tierna sonrisa susurró.

– Eres mi color favorito.

Tez pálida y rostro afable. Ojos oscuros y penetrantes. Sonrisa pícara y pelo desgreñado. Pose firme y manos temblorosas. Su más bello modelo. Pasó todo el día dibujándolo, inmersa en su trabajo. Él la adoraba hasta el punto de que haría cualquier cosa por ella. Cándidas nubes rasgaban el amanecer, un amanecer especialmente hermoso, cabe destacar.

-Esto me recuerda a cuando pasábamos tiempo juntos cuando era pequeña.

Una joven Avia de belleza cuarzada resaltada entre encarnadas hojas secas y un atolondrado ángel de mirada triste apoyado en el sauce reseco de hojas ámbar.

-¿Qué te preocupa? – Paró de dibujar y se acercó a él- ¿No te gustaba que te dibujara?

Una penetrante mirada azabache como respuesta.

-Algún día morirás, me abandonarás.

Avia no pudo disimular el hecho de que ya lo había pensado. Se sentó delante de él y se apoyó en sus rodillas, suavemente le limpió con el puño de su camisa la lágrima insurgente que bailó en su mejilla.

-¿Crees que algo tan simple como la muerte sería capaz de separarnos?

Aguantó la mirada un rato y luego escondió la cabeza en los brazos de la chica, un leve susurro acarició la piel lechosa de la muchacha.

-¿Harías cualquier cosa por estar conmigo para siempre?

La chica le levantó la cabeza con una de sus finas manos de papel, apoyó la otra en su mejilla y con el pulgar acarició sus áridos labios.

-Cualquier cosa – apoyó su frente en su cabeza.

-No olvides que has sido tú la que lo ha dicho- La separó de él y con dulzura acarició su fino rostro, se acercó y posó un descarado beso en sus labios entreabiertos por la sorpresa.

En ese momento todo se desvaneció, solo podía ver a Abel sonriendo satisfecho.

-Ha valido la pena- susurró, cuando de repente el suelo se abrió haciéndolo desaparecer. La negrura se fue esclareciendo, tornándose de un blanco tan brillante que tuvo que cerrar los ojos.

“Os habéis atrevido a desafiarme y por ende merecéis ser castigados, disfruta de tu inmortalidad alejada de él y encerrada en el bosque, sin volver a estar con nadie jamás”.

Andaba liviana entre la bruma nocturna rasa al terroso camino, el olor a agua le advirtió de que estaba cerca y poco después se encontraba en el borde de un profundo añil. Reflejada en el agua flotaba tranquila la luna. Tras acariciarla con las yemas de sus dedos, empezó a agitarse sutilmente, y comenzó a apreciarse una sombra que tras unos segundos desapareció dejando ver a Abel. Como cada noche la chica iba al lago, donde el muchacho era capaz de pasar con ella un rato, hablaban, le cantaba y, a veces, simplemente estaban en silencio. Hicieran lo que hiciesen, lo podían hacer juntos durante unas horas cada noche.

-¿Te sientes sola?

-No lo sé -Avia se acomodó en la hierba húmeda- Siempre he estado sola.

-Estabas conmigo.

-Y aún lo estoy -Se tumbó boca abajo para poder ver al chico.

-Y siempre lo estaremos-. La muchacha le devolvió la sonrisa- Además, quiero darte algo.

La chica, curiosa, observaba el extraño pincel que había aparecido flotando cuando Abel se disolvió. Paseando descalza para sentir el suelo bajo sus pies como prueba de que seguía viva, pintaba cada flor que encontraba de los bellos colores que soñaba y, para que el ángel pudiera verlos, las arrancaba con suavidad y las dejaba flotar en el lago bailando al compás del viento.

Un día, el extraño pincel cayó al suelo, Avia lo levantó con una floritura y se desprendió de él una extraña figura que el viento arrastró. Sorprendida, lo mojó en pintura y pintó una extraña criatura con la que llevaba tiempo soñando, y como un dulce suspiro, un pequeño cuerpo cubierto de plumas salió volando arrastrando con él el doloroso carmesí con el que había sido dibujado. A partir de ese día se pasaba las horas trazando las utópicas figuras que ahogaban su mente, que, libres, salían del bosque y le contaban a la joven bellas historias sobre el exterior.

Y por primera vez en mucho tiempo no se sintió sola.

La charca brillaba muerta contrastando con los chispeantes ojos de alegría de Abel.

-¿No te sientes solo?

-Estoy contigo.

-No siempre.

-Pero sí ahora -El muchacho de acuarela sonrió- Allí abajo no se está tan mal, es siempre de noche y al estar solo tengo más tiempo para pensar en ti.

-Te voy a hacer un regalo -Avia seguía sonrojada por el comentario de antes y ni siquiera lo miró a los ojos- Para que pienses en mí incluso si no estoy.

Con gracia movió el pincel de manera que salpicó el agua, y tras unas cuantas pinceladas, toda la charca estaba manchada de brillantes motas blancas. La chiquilla susurró algo y al mirar al cielo, el muchacho descubrió que, entre las penumbras del crepúsculo, fulgentes destacaban ahora unas extrañas y cautivadoramente hermosas figuras que no era capaz de describir.

Se dice que en el bosque prohibido vive una extraña muchacha protagonista de susurros y viejas leyendas; que cuando llora, el cielo llora con ella; que cuando baila, el viento la acompaña; que si canta, los arboles silban dulces melodías.

La chica que vive enamorada del diablo, quien le dio el poder de crear extraordinarias criaturas de vibrantes colores. La chica que, como prueba de su amor, le regaló las estrellas.

La historia de un ángel caído por amor.

La historia de un corazón solitario que no logra encajar.

La historia de la chica que soñaba colores para el demonio.

La historia de dos almas que murieron para poder estar juntas para siempre.

CUENTO. CATEGORÍA INFANTIL

1er PREMIO: “El niño Letrista”

Autor: Ricardo Estrella

Había una vez un niño que se llamaba Macarthur, él era el mejor de su clase, pero tenía un problema, hacía la letra muy fea.

Todos se burlaban de él porque hacía la letra más fea del mundo.

El niño comenzó a escribir un libro “El Libro de la alegría de tener letra fea”

Comenzó a escribir y escribir, en clase se llenaba de emoción, su locura era emoción.

Cuando lo terminó dio un discurso sobre la letra fea, y todos se sintieron felices, porque todos entendieron que la verdadera letra es la de su sangre, la letra escrita no importa.

La verdadera letra no está en la mano, está en el corazón, entonces nuestra mano es nuestro corazón.

Todos escriben en realidad con el corazón, la letra refinada no expresa nada, la letra alocada expresa sentimientos, como una estrella loca que va volando.

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